100 años de Consagración

En esta extraña primavera que estamos teniendo este 2013, resulta que se cumplen 100 años del estreno de una de las más grandes obras del siglo pasado: La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky. Fue exactamente el 29 de mayo de 1913 y por este motivo, ayer las redes sociales se llenaron de vídeos e imágenes interesantísimas conmemorando el citado centenario.

Algunos os preguntaréis por qué tanto revuelo. No festejamos el estreno de cada una de las sinfonías de Haydn, ni siquiera de las de Beethoven (que son muchas menos que las de Haydn…). Solemos darle importancia a los cumpleaños de los compositores, o los aniversarios de sus muertes. Pero es que el estreno de la Consagración no fue un estreno cualquiera, como tampoco es una obra cualquiera. Aquel 29 de mayo de 1913, París se preparó por todo lo alto para recibir la nueva obra de Stravinsky. El teatro de los Campos Elíseos estaba abarrotado y a la cita habían acudido personajes de la talla de Picasso, Coco Chanel o Camille Saint-Saëns. La mayoría de los asistentes esperaba escuchar un ballet clásico y conservador. Sin embargo, Stravinsky les presentó la obra que dequebrajó la estética del momento, dividiendo ya casi para siempre al público entre defensores y detractores de lo moderno,  y con la cual, según muchos historiadores y musicólogos, comienza realmente el vanguardismo del Siglo XX.

Así que la polémica estaba servida.

Desde los primeros compases, los más conservadores se esmeraron en hacer notar su descontento con  gritos y siseos. Hubo incluso —Saint-Saëns entre ellos— abandonó la sala antes de que terminara la representación. Otros decidieron aplaudir de manera exagerada para tapar los siseos y demostrar su aprobación. No debió ser facil para los músicos y bailarines continuar de esa manera…

Claro, para los más conservadores, la música era un insulto, pero es que la coreografía de Vaslav Nijinsky, no ayudó mucho a mantener la calma en la sala…

images-1Tras el estreno, la mala prensa le dedicó palabras como:

Igor Stravinsky escandaliza a París: los fuertes e inusuales sonidos de su composición “La consagración de la primavera” disgustan al público que asiste, el 29 de mayo, al estreno de la obra en el Teatro de los Campos Elíseos.

Pero quienes supieron ver la genialidad que escondía la obra, dijeron de ella:

Es una satisfacción ver hasta dónde ha ampliado usted los límites de lo permitido en el ámbito de la tonalidad.

Claude Debussy a Igor Stravinsky

Hoy en día, la escucha de la Consagración sigue siendo difícil para muchos oyentes, pero por suerte ya nadie pone en duda que se trata de una obra fascinante.

75 años sin Ravel

El pobre Ravel, que murió un 28 de diciembre de 1937, a los 63 años de edad, pasó la última década de su vida desarrollando un tipo de afasia que fue minando paulatinamente su capacidad creativa para expresarse musicalmente (algo conocido como amusia), ya fuera de manera escrita, como de manera práctica. Sin embargo, sí podía interpretar piezas que ya conocía. Misterios de la neurología, sin duda…

Maurice Ravel. Retrato de Ouvre.Su última aparición en público fue cuatro años antes de su muerte y para la ocasión interpretó su Concierto para piano  en sol mayor. Ese mismo año, en 1933, terminó su última obra, Don Quijote a Dulcinea. Pero no pudo hacer lo mismo con su ópera Juana de Arco porque, según él mismo dijo, tenía la música en su cabeza, pero no era capaz de “sacarla de allí”.

Su obra más conocida, sin duda, es el Bolero, pero como imagino que todos la conocéis, hoy le rendiremos homenaje escuchando el Concierto para la mano izquierda sola. Muchos también la conoceréis, seguro, pero probablemente otros no. Y estos últimos, tal vez, se estarán preguntando ahora cómo es eso de componer una obra para una sola mano, si generalmente los pianistas usamos dos… Pues esto se debe a que Paul Wittgenstein, pianista austriaco que perdió el brazo derecho en la I Guerra Mundial, lejos de entrar en depresión al final de dicha guerra (cualquiera en su situación lo habría hecho), decidió estudiar la manera de interpretar con una sola mano. Empezó arreglando él mismo el repertorio ya existente, pero poco a poco fue cobrando fama y llegó a recibir obras compuestas expresamente para él por los compositores más grandes del momento (Prokofiev, Hindemith, Britten…). Y la más grande de las obras que Wittgenstein recibió, fue el concierto de Ravel.

Escucharlo, sobrecoge; verlo, impresiona.

Os dejo con el Concierto para la mano izquierda de Ravel, la Orquesta Sinfónica de Euskadi, Mario Venzago (director) y Marta Zabaleta (piano).

 

Volvemos, y lo hacemos con Gene Kelly

Tras meses de parón en que nuestra actividad ha estado centrada, principalmente, en el campamento de verano, es un placer retomar el trabajo bloggero recordando al gran Gene Kelly, que hoy cumpliría 100 años. 

Como sabéis, Gene Kelly —cuyo verdadero nombre, por cierto, era Eugene Joseph Curran— es el actor, cantante y, sobre todo, bailarín cuyo nombre encabeza la Historia del Cine Musical. Su inigualable forma de bailar lo convirtió en un verdadero mito, y eso a pesar de que dicha facultad la desarrolló casi por casualidad. O porque lo consideró una forma eficaz de combatir un complejo de inferioridad que lo atormentaba: todos los chicos de clase eran más altos que él, a quien, por medir un metro setenta, no admitieron en el equipo de béisbol. O igual simplemente es que ese deporte no se le daba bien…

Qué cosas tiene la vida…

Pues bien, Gene Kelly nació en Pittsburgh el 23 de agosto de 1012. A los 26 años, tras numerosos y variados trabajos, se trasladó a Nueva York para triunfar en el teatro. Como tantos otros jóvenes de la época, consiguió hacerse un hueco en Broadway y allí fue descubierto por David Selznick, quien le hizo su primer contrato en Hollywood. Pero fue la Metro Goldwyn Mayer quien le tomó “prestado” para su debut en el cine: fue en 1942 junto a Judy Garland en Por mi chica y por mí. La MGM decidió entonces comprar el contrato de Selznick y, a partir de entonces, Kelly se cruzó en su carrera con los nombres más sonados del momento: Vincente Minelli, Stanley Donen, Barbara Streisand, Mickey Rooney, Rita Hayworth y, por supuesto, Fred Astaire, con quien entabló una estrecha amistad.

Diez años después de su primera película, llegó una de las más grandes del género y por la que todos lo recordamos: Cantando bajo la lluvia. 

¿Sabíais que rodó esta escena en una sola toma y con una fiebre altísima? Pues no es la única curiosidad que acompaña a la película. Cuentan que en las escenas de lluvia, para que ésta fuera captada con facilidad por el espectador, no se usó agua sino una mezcla salina con un ligero toque de leche. Si os fijáis bien, se nota que las gotas son prácticamente blancas.

Y a pesar de que en los créditos aparece como “música original”, siempre se dijo que la canción Make’hem Laugh, también de la película Cantando bajo la lluvia, era un plagio descarado de Be a Clown, de Cole Porter. Pero como Porter no quiso demandarlos, aquí paz y después gloria. Al parecer le gustaban las películas de Gene Kelly y concretamente esta lo tenía enamorado.

A ver qué os parece a vosotros:

 

En 1980 anunció su retirada de los escenarios diciendo:

Un músico tiene su piano, un pintor tiene su pincel y un escritor su pluma. Pero un bailarín sólo tiene su cuerpo. Y el mío pasó su mejor momento.

Falleció el 2 de febrero de 1996 en su casa de Beverly Hills.

Un día para el Jazz

Hace unos meses, en una conferencia de la UNESCO, se decidió proclamar el 30 de abril como el DÍA INTERNACIONAL DEL JAZZ. Así que en un día como hoy y en un año como este 2012, hemos celebrado su primera edición.

Con este motivo, Irina Bokova, directora general de la organización, declaraba:

A todo lo largo de su historia el jazz ha sido una fuerza de transformación social positiva y sigue siéndolo hoy día. Por esta razón, la UNESCO proclamó el Día Internacional del Jazz. Esta música, cuyas raíces se remontan a la esclavitud, constituye una expresión apasionada contra todas las formas de opresión. Habla un lenguaje de la libertad que es comprensible por todas las culturas.

Yo tengo la sensación de que aquí en España ha pasado un poco desapercibido, pero el viernes pasado, en la sede de la UNESCO en París sí lo celebraron por todo lo alto. Mirad:

Pues eso, ¡feliz día del jazz a todos! Y que sigamos celebrándolo año tras año…

Dickens y la música

Como ya sabréis, hoy se cumplen 200 años del nacimiento del escritor inglés Charles Dickens. Y como no es cuestión de aturdiros ahora con datos que ya se van a encargar los medios de comunicación de recordaros, como que nació en Portsmouth el 7 de febrero de 1812 y murió en Gads Hill Place el 9 de junio de 1870, o que tuvo una infancia terrible que se refleja con claridad en muchos de sus escritos, así como la realidad de la diferencia de clases en el siglo XIX o lo injusto de la justicia, he pensado dar un toque musical al gran bicentenario que hoy celebramos.

Sí, sí, he dicho musical, ¿o es que a nadie le llama la atención la frecuencia de las citas musicales en la obra de Dickens? Claro, a muchos… Y uno de esos que sospechó de tanta alusión a la música fue James T. Lightwood, que en 1912, coincidiendo con el primer centenario de Dickens, publicó un libro llamado Charles Dickens y la música. 

Siguiendo las conclusiones de Lightwood tras su estudio, os diré que lo que queda claro es que a Dickens la música le gustaba, y mucho. De sus intentos de llevarla a la práctica… no sé si hablar o no, pues podría parecer que deshonra su figura. Pero qué demonios, nuestro amigo Charles era un fantástico escritor, uno de los más grandes que ha visto la Historia, un icono de la literatura inglesa, no un virtuoso violinista. De hecho aquello del violín parece que no se le dio muy allá.

No queda claro, pues ya se sabe que la infancia del homenajeado estuvo marcada por la precariedad, el ingreso en prisión de su padre —quien, al uso de las costumbres de la época, se llevó consigo a toda la familia excepto a Charles, a quien, afortunadamente, debieron considerar demasiado joven para vivir en una celda— y su prematura llegada al mundo laboral (a los doce años ya trabajaba en una fábrica textil, pobre), pero por lo visto hubo quien afirmó que en los escasos años en que asistió a la escuela, recibió clases de violín y piano. Y podríamos pensar que ahí tenemos la clave de su evidente interés por la música, pero qué va, las mismas fuentes cuentan que sus profesores lo dieron en seguida por perdido a causa de sus escasísimas aptitudes para tal arte.

Como ocurre a menudo también hoy en día, el Dickens niño se sentía más atraído por otras materias, pero cuando creció y apenas se le empezaba a reconocer como escritor, él mismo se compró un acordeón. Sabemos también que cuando la fama le fue favorable, compró un piano para su casa. Además, las fuentes quizá más fiables nos hablan de su gran voz de tenor y su pasión por la canción popular. Y sabemos, sobre todo, que Dickens era un gran melómano que apreciaba tanto la música de Mozart como la de sus contemporáneos, que se mantuvo siempre al día en cuanto a actualidad musical, asistió a numerosos estrenos y llegó a conocer en persona a Giacomo Meyerbeer, compositor alemán de moda.

Para quien quiera saber un poco más de lo que contó Lightwood en su libro —anécdotas y análisis un poco más exhaustivos de las citas musicales en las novelas de Dickens— y por no repetirme ni plagiar a nadie, dejo este enlace desde el que podréis leerlo completo y gratis.

¡¡ Felices 200, Mr. Dickens !!

Es tiempo de Liszt

Quizá recordéis que hace aproximadamente un año recomendé un maratón chopiniano que organizaron en los Teatros del Canal con motivo del bicentenario del nacimiento del compositor polaco. Lo llamaron Chopinissimo

Pues bien, este año le toca a Liszt, quien el pasado 22 de octubre hubiera cumplido doscientos años. También os podría remitir ahora a tres entradas antiguas llamadas Un 22 de octubre (I): Franz Liszt, Un 22 de octubre(II): Pau Casals y Un 22 de octubre (III): Nadia Boulanger donde, en la que respectaba a Liszt, tuve que prometer que volvería a él más adelante y con calma, pues no había tiempo para abordar correctamente las tres efemérides musicales más importantes del día. Me prometí a mí misma que lo haría el presente 22 de octubre, coincidiendo con el bicentenario de su nacimiento, pero como habréis podido comprobar… no lo hice. Y tampoco lo haré hoy, ya que lo que verdaderamente me interesa en este momento es sugerir mucho mucho mucho un planazo para este domingo 27 de noviembre: TempoLiszt.

Algunos habréis visto el cartel en la escuela: de nuevo los Teatros del Canal organizan un maratón en torno a un grande. Doce horas ininterrumpidas de variadísima programación que irá desde recitales y conciertos hasta teatro infantil, pasando por danza, cine para todos los públicos, exposiciones, conferencias, menú húngaro… Y repiten la idea de la sala del espontáneo: una sala con un piano para que todo el que lo desee, disfrute de su momento de gloria. Claro, que si el año pasado la cosa no era del todo fácil — la condición para participar en esa actividad era que sólo se podían interpretar obras de Chopin —, ¡imaginaos este año, que  el homenajeado es Liszt! Pero bueno, abierta queda, desde luego.

En fin, que si el año pasado me decidí a hacer una reseña fue porque intuía que podría ser una forma muy interesante de pasar un día de fiesta. Hoy lo digo con conocimiento de causa: de Chopinissimo salí tan contenta que, con que la organización de TempoLiszt sea la mitad de asombrosa que la del año pasado, habrá merecido muchísimo la pena.

¿He dejado claro mi entusiasmo?

Pinchad aquí para conocer el horario y programación detallada. Y ya sabéis, si os animáis… ¡¡nos vemos en TempoLiszt!!

Santa Cecilia: el porqué de nuestra patrona

Ya de vuelta del pequeño concierto que algunos de nuestros alumnos han dado esta tarde en la escuela para celebrar Santa Cecilia, ¿qué os parece si os cuento de dónde viene nuestra patrona?

Pues bien, es muy probable que la relación de Santa Cecilia con la música tenga su origen en una mala traducción del latín, que tomó organis como órgano y no como instrumentos que bien podían ser musicales o, según otras fuentes, instrumentos de tortura… En tal caso, sin duda es mucho más bella la historia tal como quedó en un principio que, resumida, es la siguiente:

Cecilia era una joven muy religiosa que vivió entre los siglos II y III en Roma. Tan religiosa era ella, que decidió consagrar su virginidad a Dios. Pero su padre no vio en aquella forma de vida un buen futuro para su hija y le impuso matrimonio con otro joven llamado Valeriano —joven que, ¡encima! era pagano—. Así, nos podemos imaginar lo preocupada que estaba Cecilia el día del enlace cuando, mientras pensaba qué haría esa misma noche para librarse de sus obligaciones como esposa, se retiró a pensar junto a los músicos que amenizaban la ceremonia. Y aquí llega el error:

 

Venit dies in quo thalamus collacatus est, et, cantantibus organis, illa [Cecilia virgo] in corde suo soli Domino decantabat [dicens]: Fiat Domine cor meum et corpus meus inmaculatum et non confundar.

‘Vino el día en que el matrimonio se celebró, y, mientras sonaban los instrumentos musicales, ella (la virgen Cecilia) en su corazón a su único Señor cantaba [diciendo]: Haz, Señor, mi corazón y mi cuerpo inmaculados y no sea yo defraudada.’

Dicen que ese cantantibus organis que he resaltado en el párrafo anterior pudo ser un candentibus organis, es decir, herramientas candentes…

Pero sigamos creyendo que Cecilia, además de muy religiosa ella, tocaba el órgano y el laúd, tal como se le atribuyó en el siglo V.

Lo que viene después de la celebración del matrimonio, claro está, es la noche de bodas. Tras pensar en aquella esquinita junto a los músicos, Cecilia debió llegar a la solución: dijo a su marido que un ángel la protegía desde el cielo y que, si la tocaba como a su esposa, él sería castigado; sin embargo, si la respetaba, el ángel lo protegería igual que a ella. Valeriano, algo incrédulo, pidió pruebas de aquello a su mujer, quien le dijo algo así como

Si crees en Dios y recibes el agua del bautismo, podrás ver al ángel.

Valeriano obedeció y se convirtió al cristianismo, tras lo cual se apareció un ángel ante los dos jóvenes y los unió en matrimonio (esta vez, cristianos ambos) con rosas  y azucenas.

La historia podía haber quedado ahí, pero quizá entonces Cecilia tan solo habría sido virgen y no mártir, como ocurrió más tarde cuando apareció en escena el hermano de Valeriano. Cuentan que éste último se convirtió también al cristianismo y se trasladó a la casa del matrimonio, donde por un tiempo los tres vivieron en paz y conservando su pureza.

Debió ser que ese trío no fue bien visto en la Roma de aquellos tiempos y por ello el prefecto Turcio Almaquio condenó a morir a los hermanos. De aquí se derivó una cadena de condenas a muerte en la que no me voy a parar pero que terminó, como he adelantado, en la de la propia Cecilia, quien mostró una resistencia inimaginable y en cuyos días de agonía se dedicó a las buenas acciones repartiendo limosnas entre los pobres de la ciudad. Pidió sólo una cosa a cambio: que a su muerte, su casa fuera convertida en templo.

Transcurrieron muchos años hasta su nombramiento oficial como patrona de los músicos, hacia finales del siglo XVI y la fecha elegida para su celebración fue el 22 de noviembre.

Entre las numerosas Odas a Santa Cecilia y obras similares, elijo para esta ocasión el Himno a Santa Cecilia de Benjamin Britten, que —menuda casualidad—, nació precisamente un 22 de noviembre.

¡Feliz Santa Cecilia!